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Flash 2013: Star Trek Into Darkness

9 septiembre, 2013

26 de Marzo de 1986 – 01:37AM. Es la segunda noche que no puede dormir. La primera, Amy estuvo amable y cariñosa con él como hacía meses que no estaba. Le acarició la barba en la limusina volviendo de la ceremonia y le consoló con algo parecido a un instinto maternal que a esas alturas ya sabe que ella no tiene. Ya en casa incluso le masturbó, aunque que ella se detuviese para esnifar una raya de cocaína “para entonarse” le deprimió aún más. ¿No es una actriz? ¿Por una vez no es capaz de fingir? ¿Aunque sea ese afecto que tiene a su estúpido y minúsculo perro? Esta segunda noche Steven Spielberg sabe que la compasión de Amy Irving no da para más y ha pasado el día solo, evitando al servicio y las llamadas de Lucas que, está convencido, tras un torpe “lo siento tío” y un silencio incómodo degenerarían en su entusiasmo por su nueva película donde un Pato Espacial se liga a una rockera humana. “La clase de película que te van a obligar a hacer después de lo de anoche”, se dice a sí mismo con amargura. Once nominaciones, ¡once! ¡Las mismas que El Padrino o West Side Story! ¡Un hermoso drama sureño donde él, un hombre blanco judío, es capaz de retratar con sensibilidad el corazón de unas mujeres negras! ¡Su consagración como autor! ¡Y se va de vacío! No es capaz de sacudirse de encima la humillación y la sensación de abandono, y no deja de relacionarlo con el día que sus padres anunciaron que se separaban. Él acababa de volver del campamento scout y estaba deseando enseñarles el nudo Tarbuck. “Está muy bien pero son chiquilladas y juegos” le dijo su padre, “ahora tienes que crecer, Stevie, tienes que hacer un sacrificio” mientras la sensación de culpa y rechazo le bajaba por la garganta y le formaba un nudo en el estómago. Y ahora los académicos se lo han vuelto a hacer. David Lean, John Huston, Michael Powell,… toda esa pandilla de señores achacosos que le habían dado unas palmaditas en la espalda sin llegar a tomarle en serio. “Oh, el Color Púrpura, está muy bien Stevie, pero ahora tienes que crecer”, parecían decir. Ahora tienes que crecer, se va repitiendo mientras deambula por la mansión de Beverly Hills. Fuera cae una lluvia pesada como una sopa mientras los relámpagos van iluminando las habitaciones por las que pasea melodramáticamente. El ambiente gótico lo rompe la ridícula mascota de Amy, que va siguiéndole mientras le ladra. “No es un perro serio”, piensa. “Si no es más que una rata con un lazo, imposible imaginar a nadie viviendo aventuras con este bicho peludo y tembloroso al lado”. Finalmente se detiene en el ático, donde se desparraman en cajas los viejos trastos de infancia que su madre iba a tirar cuando hizo la mudanza a la nueva casita de Malibu. Ahí está su uniforme completo de boy-scout, todavía con la navaja multiusos y la pequeña linterna en el cinturón, y algunos juguetes. Separada del resto y con la etiqueta “para Jeffrey Jacob. Editor” hay otra caja con antiguos cortos descartados que grabó de niño con sus hermanas y que no terminó de montar. Recuerda vagamente una de las historias en la que, vestido como un nigromante, iba a sacrificar a su hermana pequeña en un ritual pagano, siendo salvada en el último momento por él mismo, ahora en el papel de héroe explorador. “Y sigues en lo mismo, idiota, así no te van a respetar jamás”. El pensamiento le viene con toda la furia y el resentimiento acumulado en las últimas horas. “Tienes que crecer, Stevie, tienes que hacer el sacrificio” vuelven a resonar las palabras de su padre, mientras la frecuencia de los relámpagos va aumentando. Casi se diría que la tormenta está exactamente encima, que la lluvia va a traspasar el tejado y que la humedad… “¡cabrón, pero no me mees!” Ahora tiene el perro tembloroso en la mano, en los pantalones y el borde de la caja unas gotas de pis canino y las sienes retumbando de furia. “¿Queréis un sacrificio? Pues vais a tener un sacrificio”, piensa mientras con la otra mano alcanza la navaja de boy-scout. No puede explicarlo, pero sabe exactamente lo que tiene que hacer. Crecer significa renunciar a su yo infantil, y para dividir su alma y librarse de ese lastre de Sentido de Maravilla y Entretenimiento necesita un asesinato. Sujeta el perro sobre la caja de películas y hunde la navaja en el pecho palpitante del animal con tanta fuerza que la punta se clava en una de las bobinas. Apenas sale sangre, solo un humo pardo y el metal empieza a ennegrecerse. “Horrocrux, horrocrux” empieza a recitar, mientras ve desfilar imágenes reflejadas en las pupilas dilatadas del animal agonizante: los seriales televisivos, su madre leyéndole Peter Pan, el cosquilleo en el estómago antes de entrar al cine para ver Los 10 Mandamientos… La última imagen, un segundo sorprendentemente nítido en el último estertor del animal, es la de una mujer rubia en un tren. No sabe quién es (el paisaje parecía la campiña inglesa y el periódico que tiene a su lado mostraba una fecha de 1990) pero en ese instante ella ha alzado la vista y le ha mirado directamente, aterrada. Sabe que sus caminos volverán a cruzarse y que ella no le habrá olvidado. Fuera ha dejado de llover. Spielberg tiene el cuerpo cubierto en sudor y del perro sólo va quedando un trozo de piel arrugado y curtido a medio chamuscar que va consumiéndose a la vez que se cuela con un chisporroteo por el agujero de la bobina. Se siente, ¿más maduro? ¿más adulto? Aún no lo sabe aunque algo ha cambiado. Deja la navaja a un lado y examina la caja. A primera vista salvo la incisión en el metal no se aprecia nada distinto entre las cintas de película. Pero una de ellas contiene una parte viva de si mismo, ahora corrupta por el asesinato. Vuelve a pensar en el muchacho que trabajará con ellas, un tal Jeffrey Jacob, el mayor de los Abrams, un adolescente precoz al que había contratado como favor a sus padres para terminar de montar los cortometrajes. Recuerda sus ojos tras las gafas radiantes de ilusión cuando le hizo el encargo. ¡El Rey Midas de Hollywood confiándole sus recuerdos de infancia! De algún modo sabe que en cuanto el corto entre en la moviola se liberará ese yo lúdico aunque ya no será tan inocente. Buscará un huésped, pero el trauma de la expulsión le hace palpitar con desconfianza, lleno de cálculo. “Bueno”, piensa Spielberg, “algo de cálculo no te hará mal. Tienes que crecer, J.J., tienes que crecer…”

Todo este rollo podría haberse evitado diciendo que J. J. Abrams es el Señor Espilbergo

Todo este rollo para venir a decir que J. J. Abrams es el Señor Espilbergo

¿Cómo? ¿Que qué tal Star Trek 2? Pues bastante bien, mejor que la primera de hecho. Tiene un inicio calcado al del Arca Perdida y un ritmo endiablado lleno de giros y sorpresas (¿quién es ese? ¿por qué hace eso? ¿por qué este ahora hace eso otro?) que juega a esconder información y no te deja pararte a pensar que la trama no tiene sentido (todo marca de la casa de Orci, Kurtzman y Lindelof como decía el Film Critic Hulk). Al menos no estiran la verosimilitud lanzando a alguien a un planeta aleatorio donde casualmente hay un Spock viejo como en la primera. En todo caso J. J, cumple manteniendo el tono ligero y no abusando de los efectos de destellos, y como en los Vengadores, la historia vuelve a girar alrededor de un atractivo actor inglés haciendo de villano cuyo plan incluye dejarse capturar en una cárcel de cristal. Los set pieces están bien resueltos, el bromance entre Spock y Kirk es encantador y tiene un par de escenas de genuina emoción. Tengo un recuerdo vago de las películas de Shatner y Nimoy y no estoy muy familiarizado con Khan, así que no me molestó que al parecer calquen el climax de Star Trek II. En definitiva, que me lo pasé pipa.

Envejecer con dignidad, una historia cautelar.

Envejecer con dignidad y no creerse Rod Stewart, una historia cautelar. Sí, supongo que es un Spoiler esto.

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