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SITGES 2011: The Turin Horse (A Torinói Ló)

15 agosto, 2012

Director / País: Béla Tarr / Hungría – Francia – Alemania

Reparto: Erika Bók, János Derzsi, Mihály Kormos,

Bodycount: Lo que cayó antes de empezar la película (4ª del día) fue el primer Red Bull de mi vida. LIVIN´ON THE EDGE

Si su eslogan fuera honesto: El eslogan no sé, pero si yo fuera honesto, a la hora de abordar el escribir sobre esta película diría lo mismo que Nietzsche al sucumbir a la locura: Madre, soy idiota.

Al tema: Experiencias como ver en el Auditori repleto una película densa, húngara, de dos horas y media, prácticamente sin diálogos y en blanco y negro,  echan por tierra esa imagen de Sitges como lugar donde sólo ponen películas de zombies y tetonas gritonas en picardías. Que no seré yo quien discuta que incluir esos elementos no mejoraría la cinta, pero ciertamente tal cual está es un peliculón como la copa de un pino aunque mi cabeza no sea la más estructurada para ensalzarla en su justa medida. Última película que dirigirá Béla Tarr (a quien supongo más serio en su anuncio de retirada que a Mecano), lo que propone es un ejercicio de inmersión en, como definió alguien más certero que yo, una descreación progresiva del mundo y básicamente sobre el Fin, así en el sentido más amplio: fin de la vida, de la filosofía, de las grandes cuestiones, fin del Misterio en el mundo y de Dios según un excelente monólogo que culpa tanto a la actitud mercachifle de la vida moderna (devalúan todo lo que compran, y lo compran todo, eso se me ha quedado grabado estos 10 meses desde que la vi) como a la pasividad de la Excelencia y lo Bueno. Rodada como es habitual en el director con grandes (enormes, majestuosos, cojonudos) planos secuencia, va siguiendo las rutinas diarias de un cochero, su hija y su caballo viviendo en un páramo azotado por vientos perpetuos. Y aunque apenas hablen y simplemente sea verles realizar quehaceres cotidianos como comer una patata cocida, la belleza de las imágenes, el uso de la música, el dinamismo de la cámara y el suspense que creaba por el desafío narrativo, evitaban que fuera aburrida. De hecho yo me entretuve fascinado al ver cómo cada plano se estructuraba alrededor de un elemento de la acción. Podía ser el caballo, el anciano de la apoplejía y su lucha por manejarse con medio cuerpo, la melena de la hija al viento, o, en el plano que más loco me volvió, centrado en una viga de la casa, que me tuvo varios minutos en vilo intentando entender por qué era importante hasta que Bela Tarr lo desvela dejándome con ganas de aplaudir.

Nota: Un 9. Y eso que confieso que, cuando escuché a la voz en off del principio explicar la historia de cómo Nietzsche, paseando por Turín, al ver a un cochero azotar a un caballo se abrazó al animal llorando y cayendo en la locura (amigos, qué mala es la sífilis, vayan con mujeres limpias) y anunciar que iban a contar qué paso con el caballo pensé “qué premisa más buena para un sketch de los Monty Python”.

Sé que me faltan conocimientos para apreciar las referencias filosóficas, pero la carga de profundidad que suelta a los sentidos me dejó temblores cósmicos como de disco de Dead Can Dance.

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